MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 248 MAYO DEL AÑO 2019 ISNN 0124-4388 elpulso@sanvicentefundacion.com

Aflicciones

Por: Alejandro Londoño
elpulso@sanvicentefundacion.com

¡Qué!, ¿Qué hago yo, Abrenuncio, hoy acá sentado? Si sentado no estoy, ando en territorios cósmicos, celestes, para desprenderme de lo alto y viajar a lo profundo, a las honduras del alma del curandero aguijoneado por la desesperación y la locura. Me enteré que los míos, todos oficiantes del antiguo arte de la cura y el alivio, andan detrás de los guiños de cornisas, gatillos, venenos y brillantes filos.

Que los seduce tirar de la cuerda y hacer que el telón caiga antes de tiempo y que la frecuencia con la que deciden silenciar a sus latidos, sea casi el doble que la de los demás andantes. Que viéndose alegres y participantes de sus vidas, acortan el devenir con un atracón de pastillas o improvisando patíbulos en sus baños.

Me di a buscar en eso que llaman “literatura médica”, para hallar causalidades. Encontré términos como: “agotamiento empático”, “cansancio moral”, “depresión endógena”, seguido de un muy largo etcétera... No me queda claro, no me explico el fenómeno, en primer momento paradójico, de que un cuidador levante la mano contra sí mismo y adelante el final de su novela. En otros lados, de tintes más moleculares, me topé con divagaciones bioquímicas y propuestas terapéuticas, cuyo basamento se efectuaba con “abracadabras” serotoninérgicos y “sim sala bim” de noradrenalina encapsulada. Propuesta harto simplista, a lo que Camus llamó, “el único problema serio de la filosofía”, ¿No?

Como soy hechicero y brujo entre umbrales, transcribo estos motivos, todos dictados por colegas del cuidado, que ya idos de este mundo, me contaron las tragedias, pensamientos y agonías, que los llevaron a encontrar la solución, prescindiendo de su aliento.

A uno joven, alegre y mocetón, le escuche decir entre estertores, “no nací siendo artrópodo, no soy crustáceo ni nematodo, soy de los que curan y los que buscan el alivio. Sin aliento estoy de hacer lo que es ajeno, que me pidan que restrinja, tramite y haga pases antinaturales a mi arte. Me prometí curar heridas y hasta salvar al mundo, pero me solicitan hablar con un lenguaje extraño a la lengua del cuidado”.

Le pregunté a un viejo de barba espesa y entrecejo ceñudo. ¿Qué te pasó a ti hermano, que aún tienes en el cuello la trenzada soga? Su respuesta fue brutal y sincera, “se hicieron míos los males de los otros, se me colaron por las grietas los fantasmas y los miedos, me hice una sola carne con terceros y desde adentro socavaron al alma mía”.

A uno ojeroso, famélico y agitado, lo interrogué por su azogue, a lo que respondió con palabras trémulas, “mis insomnios fueron elegidos, noches tras noche me daba a la vigilia, hacia guardias infinitas y nunca conocí un camarote de reposo”.

Otro colega que era enorme a las vistas, un coloso rechoncho, pletórico y de facies opulentas, me dijo, “me di a excesos, a francachelas y desmanes. Recibía dádivas del comercio y terminé siendo uno de ellos. Me atarugaba con sus mentiras y terminé haciendo laxos mis principios” y otro, el ultimo, el más atormentado, solo me respondió diciendo, “quien busca el misterio, a quien seduce la pregunta, quién con furor miope persigue el signo ignorando al que sufre, comete desmanes y acaba con vidas”. Salí de allí, de ese mundo de tinieblas, conociendo riesgos y pesares, haciéndome la promesa de construir fronteras y levantar muros protectores. Reconocí el peligro de ofertas, regalos y la falta de descanso. Aprendí que la tristeza no tiene profilaxis, que los dolores se contagian, que no existe vacuna para el malestar de la existencia, que no solo busca la muerte el desesperado y que atisbar a los fondos arriesga con capturar tu mirada y conducirte a la oquedad del abismo.


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